EL VIOLÍN

DIRECCIÓN: Francisco Vargas Quevedo
TÍTULO ORIGINAL: El violín (2005)
PAÍS: México
GUION: Martín Boege Paré
FOTOGRAFÍA: Phedon Papamichael
MÚSICA: Cuauhtémoc Tavira, Armando Rosas
DURACIÓN: 98 minutos

 
       

Héctor Campio López | @campiolopez

El violín (2005) es una película que guarda distancia con la tendencia de todas las películas mexicanas contemporáneas. Tanto que para definirla hay que comenzar por decir lo que no es, ya que el espectador puede crearse falsas expectativas a partir de su nombre y ver algo que no quiere o sentirse engañado por lo que vio. El violín no es la historia de un anciano que se gana la vida tocando ese instrumento. Tampoco es una biografía melodramática con sones de la sierra. Es una película sobre el carácter humano en el contexto de una guerrilla.

El tema no es habitual en las producciones mexicanas recientes, que le han apostado todas sus cartas a la comedia y han coqueteado en estos años con el género de acción y el horror. Lo que hace Francisco Vargas, el director de la película en cuestión, es alejarse de las historias urbanas y sus consabidos personajes estereotipados (judiciales, ladrones, políticos, drogadictos, amantes...) para regresarnos al drama verdadero de los pueblos que padecen la injusticia social.

Los rasgos estéticos de la cinta tampoco siguen los modelos de aquellas películas. No hay colores hipercontrastados, ni tomas de vertiginosos movimientos. No hay música de agrupaciones populares, ni una ansiedad irrefrenable por mostrar sangre. Tampoco hay malas actuaciones ni un final feliz.

El filme es en blanco y negro, no se distingue por su fotografía y está musicalizado en algunas escenas con el tañido elocuente de un violín. Sus atributos descansan en un guión con varias lecturas sobre el orden social y en la credibilidad del relato como una historia verdadera.

La película abre con una escena atroz: un grupo de militares castiga brutalmente a hombres y mujeres en el interior de una cabaña. El resto de la película consiste en relatar lo que llevó a todos al lugar donde están.

Plutarco Hidalgo, el anciano protagonista, lleva en su apellido el ideal libertario. Vive en un pueblo en las montañas que organiza en secreto una sublevación armada, aunque no es él, sino su hijo, quien tiene un rol protagónico en la insurgencia. Ambos son músicos que animan con su guitarra y violín los lugares de las poblaciones cercanas a cambio de algunas monedas.

La virtud del director es la cautela con que aborda el tema de la rebelión social. No hace pronunciamientos de odio contra el gobierno, ni evidente la intención rebelde. En las primeras escenas intriga al espectador, quien intuye durante un largo rato que algo está pasando, pero no sabe qué, porque los diálogos son mínimos y las señales que se deslizan los personajes son crípticas. El ritmo pausado de la primera media hora prepara al espectador para el resto de la trama; es una prueba que elige al público al que está destinado la película.

Lejos de recurrir a los combates explícitos que siempre ocurren en las cintas de guerra o de refugiarse en sentimentalismos cursis, el director se apoya en un personaje para ilustrar el sacrificio y el heroísmo de cada hombre con voluntad justiciera. Don Ángel Tavira, quien interpreta a Plutarco Hidalgo, se gana el pase automático como uno de los mejores actores que ha visto el cine mexicano de esta época.

Nunca se dice en qué lugar del mundo ocurre la historia, pero bien cabe por sus escenarios miserables en un pueblo de México o alguno latinoamericano. Por eso no se trata de un cine político, sino ideológico. El guión no pontifica sobre alguna posición partidista, ni siquiera contra el ejército, que siempre es símbolo del ejercicio del poder en su forma más pusilánime y abusiva.

Tratar el tema de la rebelión social en México requiere de valentía, sólo por eso, El violín merece el reconocimiento y el éxito en taquilla.

 
 
 
 
 
       

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