LAS VENTAJAS DE SER INVISIBLE

DIRECCIÓN: Stephen Chbosky
TÍTULO ORIGINAL: The Perks of Being a Wallflower (2012)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Stephen Chbosky; basado en su novela Somos infinitos
FOTOGRAFÍA: Andrew Dunn
MÚSICA: Michael Brook
DURACIÓN: 102 minutos

 
       

Levantar los brazos, con los ojos cerrados, de pie sobre la caja descapotada de una pick up. Sentir el viento en la cara, contraer el estómago y cruzar un puente, con música de fondo. Es una secuencia-cúspide repetida en Las ventajas de ser invisible, metáfora de la adolescencia: ese puente vertiginoso entre la niñez y la vida adulta, temática de esta cinta.

Stephen Chbosky es autor del libro en el que se basa el filme (del mismo título) y también adaptó y dirigió la película. Igualmente seleccionó la música, que es uno de los principales conductores de la historia. “We can beat them/ just for one day/ we can be heroes/ just for one day...”, fondea David Bowie. Viene al caso en esta historia de chicos que apenas en sus sweet sixteen ya son todos unos sobrevivientes de historias de abuso.

Sam (Emma Watson), que con gran precocidad asume haber pasado por sucesivas relaciones tormentosas, dignas de las “Mujeres que aman demasiado”. O Patrick (Ezra Miller), que no sólo sale del clóset sin mayor empacho, sino que se reconfirma en negligée rojinegro en su papel de El Show de Terror de Rocky. Y Charlie (Logan Lerman), un ratoncillo de biblioteca afectado de los nervios, que trata de insertarse en el tren de la vida funcional —whatever that means.

Todos dicen bordear el abismo. Haber pasado por el pantano existencial tan temprano como en la secundaria y la prepa, para ver la luz al otro lado del túnel, a las puertas de la universidad. Sería profundo quizá si no fueran todos tan bonitos. Hay que reconocer que los actores se empeñan en dar batalla para parecer intensos y dar el registro, que Ezra Miller trata de capitalizar su desempeño en Tenemos que hablar de Kevin. El intento supera, sin duda, las teleseries del tipo Beverly Hills 90210, pero que no acaba de ser creíble.

La referencia viene a colación, dado que la película se sitúa en algún lugar entre los años 80 y principios de los 90: todavía hay discos de acetato y los chavos se regalan audio cassettes que graban en sus estéreos a doble compartimento. 

Pero desde sus tersos cutis y su vecindario burgués de algún suburbio estadounidense, su principal apuro es obtener el paso a Harvard, NYU, o ya de perdis Pensilvania. Son diferentes porque hacen teatro o leen a Kerouac , a Salinger, y saben quién es Dickens… La secuenciación del lugar común. Otra forma de contar del bullying y la división de castas de las secundarias y prepas gringas. Eso y frases de autoayuda como “me siento infinito”, “aceptamos el amor que creemos merecer”, “¿por qué no se puede ayudar a los otros?”

Cerca del final, la cinta señala (¿justifica?) que no se nos debe olvidar qué es tener 16 años. A lo mejor hay que tener de nuevo la edad de la punzada y pasear en el quemacocos de limo de una Hummer, junto al Ángel de la Independencia, para sentir que se trae el mundo en un puño.

Pero de mientras, sólo queda en el paladar y junto al lagrimal ese aire de drama hueco de 102 minutos de duración.

 
 
 
 
       

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