SIN RESERVAS

DIRECCIÓN: Scott Hicks
TÍTULO ORIGINAL: No Reservations (2007)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Carol Fuchs; basado en la cinta Las delicias de la vida, de Sandra Nettelbeck
FOTOGRAFIA: Stuart Dryburgh
MÚSICA: Philip Glass
DURACIÓN: 104 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

No valen aquí las rudezas innecesarias, Sin reservas se ofrece como lo que es, un remake de la cinta germano-italiana Las delicias de la vida (Sandra Nettelbeck, 2001), blanda e inofensiva, con un reparto más que amable.

La premisa es bien conocida para quienes en el pasado haya visto cintas como ¿Quién llamó a la cigüeña? (Charles Shyer, 1997) o Educando a Helen (Garry Marshall, 2004). Kate Armstrong (Catherine Zeta-Jones) es la chef titular de un importante restaurante en Manhattan. Trabaja con una intensidad que cautiva y a la vez intimida a la gente que la rodea; su vida personal no es diferente, en tanto que incluso en sus sesiones de terapia, el trabajo sigue ocupando el lugar principal. Vive para trabajar y es perfeccionista; su cocina en el restaurante es su mundo y tiene perfecto control de él.

Tras un accidente en el que su hermana pierde la vida, Kate se ve obligada a hacerse cargo de su sobrina de nueve años, Zoe (Abigail Breslin), por lo que su rutina empieza a experimentar cambios radicales.

Tras tomarse unos días para poner la casa en orden y regresar al trabajo, Kate descubre que su jefa decidió contratar como subchef a Nick Palmer (Aaron Eckhart), un tipo gracioso que pone alegría en el lugar y que no puede ser visto sino con recelo por la protagonista, para quien todo guarda una estructura rígida.

Predecible en su desarrollo, uno sabe que Nick será el factor que haga de Kate un ser humano más flexible y que probablemente juegue un papel importante a la hora de acercarla con su pequeña sobrina. El asunto es que este pequeño juego de contrastes entre la severa jefa de la cocina y su compañero de trabajo, siempre optimista, funciona, aun cuando resulta un tanto difícil creer a Catherine Zeta-Jones en su excesiva rigidez.

El elemento que hace de Sin reservas una experiencia agradable, parece conectar de la misma manera en otros filmes: la cocina y la pasión por la comida. Es inevitable, como neófito, quedarse absorto en el cuidado en la preparación de un platillo, en el juego de los sabores y finalmente en la sutil alegoría que suele tenderse con elementos de la vida diaria.

Ratatouile es el referente más cercano que hay en este momento (de hecho sus finales parecen una calca), pero cuando se mira un poco más atrás pueden hallarse más ejemplos. Espanglish y Jet Lag son otro buen par de ejemplos de comedias románticas en las que los momentos que transcurrían en la cocina de un restaurante se volvían, por mucho, las mejores secuencias.

Sin reservas vuelve a lo básico y a lo conocido: la solución idealizada de pequeños grandes problemas como la soledad o el aislamiento, la adicción al trabajo, el desencanto y la desconfianza. Se trata, pues, de un trabajo genérico, que si bien ofrece un poco más que una trama adolescente, no deja de ser la repetición de una fórmula prefabricada que salva el trío de Zeta-Jones, Eckhart y Breslin, que seguro habrían dado más ante un guion más exigente.

Divertida y suficiente. Ya vendrán en su momento cintas más cerebrales para quienes quieran discurrir sobre ellas. Yo, al menos ya estaba harto de este ruidoso verano fílmico.

 
 
 
 
       

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