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LA JAULA DE ORO

DIRECCIÓN: Diego Quemada-Diez
TÍTULO ORIGINAL: La jaula de oro (2013)
PAÍS: Guatemala, España, México
GUION: Diego Quemada-Diez, Gibrán Portela, Lucía Carreras
FOTOGRAFIA: María Secco
MÚSICA: Jacobo Lieberman, Leonardo Heiblum
DURACIÓN: 102 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Hablar de la migración centroamericana hacia Estados Unidos en el lomo de La Bestia, hacerlo sin melodrama, sin estridencia. Dejar que cuatro adolescentes la representen en muy pocas palabras y mostrar más que aleccionar. Si un mérito hay en La jaula de oro, película de Diego Quemada-Diez, es despojar a sus personajes de añoranzas, de autoconmiseración por lo dejado y de todos esos elementos que de tanto repetirse se han vuelto lugares comunes tan vacíos de significado como los titulares de prensa que hablan del “drama de los migrantes”.

Los protagonistas de esta historia son unos adolescentes guatemaltecos de cuyo pasado no sabremos nada. Mejor así. Hay que irse, simplemente porque hay que irse o porque no hay nada a qué quedarse, y eso queda más que establecido en las imágenes iniciales cuando vemos a Sara (Karen Martínez), Juan (Brandon López) y Samuel (Carlos Chajón) hacer la mochila, disfrazar algunos rasgos, preparar el viaje. Aunque se les ve viajar juntos, el director y sus coguionistas van dejando claro también que cada quien se hace cargo de sí mismo.

Ni van acopiando experiencias ni fortaleciendo lazos de amistad duradera, hay dureza genuina y toda aproximación afectiva entre ellos se da en medio de las circunstancias más hostiles. Migrar y atravesar México es un infierno. Fuera del momento en que un cuarto integrante se une al grupo —un joven tzotzil llamado Chauk (Rodolfo Domínguez)— éste es un trayecto de pérdidas constantes que nadie se detiene a llorar.

A cargo de actores no profesionales y un director debutante, la pieza va compensando los pequeños huecos y saltos en la historia con la congruencia de quien no está dispuesto a regalar ni la escena chantajista ni el final de fórmula a cambio de una lágrima barata. Cuando los créditos comienzan, tras una nevada nocturna que remite a varios momentos sueltos en el filme, uno se pregunta cómo ha hecho Quemada-Diez para que nos importe lo que pueda haber ocurrido con estos personajes de quienes no sabemos nada en absoluto, sino su nombre. Ahí está un logro enorme: conectar y conmover sin discursos obvios y grandilocuentes.

 
 
 
 
       

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