COMER, REZAR, AMAR

DIRECCIÓN: Ryan Murphy
TÍTULO ORIGINAL: Eat, Pray, Love (2010)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Ryan Murphy, Jennifer Salt; basado en el libro de Elizabeth Gilbert
FOTOGRAFÍA: Robert Richardson
MÚSICA: Dario Marianelli
DURACIÓN: 133 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Comer, rezar, amar, mirar el reloj, removerse en la butaca, esperar a que pase algo, tener ganas de salirse del cine, sentir pena por Javier Bardem... Basada en un canto a sí misma de la escritora Elizabeth Gilbert y llevada al formato cinematográfico en un producto que supera las dos horas de duración, Comer, rezar, amar es una rara mezcla entre una guía de viaje a tierras exóticas y un libro de superación personal con respuestas obvias para la vida.

La historia, llena de lecciones inspiracionales de alguien que presumo es un mejor ser humano después de haber hecho un viaje introspectivo, nos pone en frente a Gilbert (interpretada por Julia Roberts), una señora acomodada de Nueva York que un buen día se descubre aburrida con su vida y su matrimonio, por lo que decide dejar todo atrás, menos los miles de dólares que le permitan tomarse un año para autodescubrirse en Italia, India e Indonesia.

El filme de Ryan Murphy se ahoga en convencionalismos sobre la multiculturalidad; los habitantes de otros países existen sólo para orbitar a la protagonista, quien se encuentra a sí misma a partir de conectar nuevamente con placeres sencillos como la comida, su acercamiento a la pobreza glamorizada, el exotismo de las locaciones, y la sobreabundante sabiduría enlatada, digna de las parrafadas de cualquier libro de caldito de pollo para el alma.

La debilidad más importante de una cinta como ésta, amén de lo endeble que ya resulta la filosofía condensada en frases para poner en el estatus en Facebook, es perpetuar la idea de que no hay paz interior ni reflexión vital completa si no hay alguien del otro sexo de quien enamorarse, porque en todo caso el equilibrio parece limitarse a no morir solo.

Al final, si la película resulta llevable, se debe al carisma de Julia Roberts (quien está a cuadro el cien por ciento del tiempo) y a algunas figuras amables que apenas aparecen acompañándola en diferentes tramos de la historia. Caso contrario es el de Javier Bardem, quien tiene el papel más pobre e ingrato que haya desempeñado en mucho tiempo, merced a un trabajo que escasamente desarrolla las personalidades de los roles secundarios.

Del resto, sólo es evidente la ausencia de mayor ambición tras la cámara y la falta de sustancia en el guion, pues además de lo difícil que resulta encontrar complejidad en ningún personaje que no sea la propia protagonista, las virtudes estéticas de la película parecen radicar en el trabajo de fotografía. Poca cosa.

 
 
 
 
  

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