CABEZA DE BUDA

DIRECCIÓN: Salvador Garcini
TÍTULO ORIGINAL: Cabeza de Buda (2009)
PAÍS: México
GUION: Antonio Abascal, Marimar Oliver
FOTOGRAFIA: Alfredo Kassem
MÚSICA: Xavier Asali
DURACIÓN: 90 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Cabeza de Buda es un melodrama de nivel televisivo, mortalmente aburrido, lleno de frases de libro de superación personal, mezcladas con misticismo de boutique esotérica, libremente interpretado por un director que da la impresión de ser un entusiasta advenedizo del budismo, pero que igual podría serlo de la dianética sin que esto hiciera mucha diferencia.

En la historia, Kuno Becker interpreta una versión más superficial de sí mismo; su personaje, Tomás, es un actor insoportable y pretencioso que actúa para entretener a los "nacos". Su novia, Magdalena (Silvia Navarro), insiste cierta tarde en ir al mercado de La Lagunilla a comprar objetos inútiles para decorar su departamento. Sin embargo, al salir del lugar son asaltados por un raterillo del barrio, mismo al que Tomás mata en defensa propia, golpeándolo con una pesada cabeza de Buda.

Por capricho del director y traicionando todo lo establecido previamente, el personaje prepotente y egoísta al que no parecía importarle otra persona que no fuera él mismo, comienza a tener pesadillas y a experimentar culpa por haber matado al delincuente. De pronto resulta que el tipo que aparecía en las portadas de las revistas de la socialité y vivía una vida despreocupada, desarrolla conciencia, deja de comer, de dormir, ya no puede concentrarse en su trabajo y tiene pesadillas despierto. La historia pierde su coherencia interna y ahí ya no hay nada qué hacer.

Redundante hasta decir basta, la película va y viene dos, tres, cinco veces sobre la misma idea para rematar cada vez con un monólogo paranoico y pretendidamente atormentado del actor frente a la cabeza de Buda ("¿qué me ves?", "¿de qué te ríes?", "¿y tú, eres hombre o mujer?", "¿qué eres?"), sin que la historia vaya a ningún lado. Cuando uno empieza a cansarse de la rutina del gran actor dialogando con un objeto inanimado, el guion encaja un personaje nuevo para que saque al buey de la barranca. Así aparece Angélica (Irán Castillo hinchada), una mezcla de artista conceptual y fotógrafa de tabloide que, además, sabe de doctores de esos que sanan el alma.

A partir de ahí, y con la ayuda de sus guionistas, el director nos receta un amplio repertorio de obviedades aprendidas en algún viaje a la India (o algún libro de frases y pensamientos para toda ocasión; no se sabe), que versan sobre la necesidad de ser como los niños a la hora de buscar solución a los problemas, perdonar a los demás, perdonarse a uno mismo o (inserte aquí algún profundo pensamiento de la filosofía new age).

Lo grave del asunto es que dentro de este sancocho kármico no hay un solo momento que parezca cercano a lo real y a lo cotidiano, que hable de emociones genuinas y construya personajes con los cuales identificarse. Actores entran y salen de la escena con una mención en los créditos finales como única constancia de su presencia; los protagónicos, por su parte, representan una obra sin sustancia, sin gracia, sin conflicto auténtico, sin que a uno le importe uno solo de los elementos de su historia. Un filme mortalmente aburrido, pero eso ya lo había dicho.

 
 
 
 
 
       

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