ASESINO A SUELDO

DIRECCIÓN: Paul McGuigan
TÍTULO ORIGINAL: Lucky number Slevin (2006)
PAÍS: Alemania, Estados Unidos
GUION: Jason Smilovic
FOTOGRAFÍA: Peter Sova
MÚSICA: J. Ralph
DURACIÓN: 110 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Es indudable que detrás de Asesino a sueldo hay un director que toma buenas decisiones y que trabaja bastante bien, sin grandes derroches, con un guion intrincado que remite a clásicos como Intriga internacional (Hitchcock, 1959) y al denominado cine noir, con sus temáticas gangsteriles, sin ser una copia de ninguno de ellos.

La cinta, cuyo título en inglés tiene cierta fuerza que se pierde en la traducción al español, se inicia con Slevin (Josh Hartnett), un joven que después de haber perdido a su novia, su trabajo y su departamento, decide viajar a Nueva York en busca de un amigo, que parece estar desaparecido y en cuya casa encuentra refugio. Sin embargo, un malentendido lo pone en medio de dos grupos criminales rivales que le exigen el pago de enormes sumas por deudas de juego, pero le ofrecen clemencia a cambio de ejecutar a un miembro prominente del grupo enemigo.

Paul McGuigan elige bien. Primero, opta por un elenco muy sólido en el que las mejores cartas se desempeñan en un plano secundario, y una ciudad de Nueva York destecnologizada, sin rasgos de ser la metrópoli de otras cintas, en las que sirve como escenario de cacerías y enfrentamientos.

Lejos de los grandes espacios abiertos, propicios para la espectacularidad, la trama se desarrolla en espacios pequeños e interiores. Anteriormente socios y actualmente enemigos acérrimos, por ejemplo, los dos jefes criminales, El Rabino (Ben Kingsley) y El Jefe (Morgan Freeman), viven atrincherados en edificios enfrentados, en lados opuestos de la calle, desde donde se observan el uno al otro, pero de donde no se han atrevido a salir en años.

Ese mundo gangsteril tiene cierta sofisticación que se superpone a la sordidez de los matones; las figuras más atractivas se caracterizan justamente por la ambigüedad del rol que juegan. El sereno asesino a sueldo interpretado por Willis, aparece trabajando para ambos bandos al mismo tiempo; El Rabino combina sus actividades delictivas con la de maestro de la ley mosaica, y Slevin simplemente parece un tipo en el lugar y tiempo equivocados.

McGuigan y su guionista se reservan afortunadamente suficiente información para intentar un golpe de efecto final. Pero éste funciona sólo a medias, pues si bien pone las piezas del rompecabezas original en lugares distintos, también carece de gran contundencia. De hecho, la resolución guarda cierta similitud con la venganza ya vista en Los hijos de la calle (Barry Levinson, 1996), aunque sin la crudeza del caso.

Así, aunque Asesino a sueldo gana en muchos de los elementos que la conforman, también pierde al insertar una apresurada subtrama romántica que involucra a Lucy Liu, pero que alarga el pietaje sin aportar a la película como conjunto. Es altamente improbable que el filme trascienda, pero hay que reconocerle que le ha dado colorido a la cartelera de este otoño.

 
 
 
 
  

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