30 DÍAS DE NOCHE

DIRECCIÓN: David Slade
TÍTULO ORIGINAL: 30 Days of Night (2007)
PAÍS: Estados Unidos
GUION: Steve Niles, Stuart Beattie y Brian Nelson; basado en la novela gráfica de Steve Niles y Ben Templesmith
FOTOGRAFIA: Jo Willems
MÚSICA: Brian Reitzell
DURACIÓN: 113 minutos

 
       

Juan Carlos Romero Puga | @jcromero

Hace falta más que seres infrahumanos de rostros pálidos, dientes afilados y sangre falsa por galones para provocar verdadero espanto. Hacer reaccionar al público con golpes de efecto y apariciones repentinas hoy carece por completo de originalidad y es esa reincidencia la que termina por echar a perder cualquier buena idea.

Basada en una conocida novela gráfica del mismo nombre, 30 días de noche se ubica en Barrow, Alaska —el punto más al norte de la Unión Americana—, donde durante el inicio del invierno, cada año, se vive un mes de completa oscuridad.

Al tiempo que muchos de sus habitantes emigran, huyendo de las tormentas de nieve y la noche perpetua, la llegada de un forastero se convierte en el hecho que marca la aparición de un grupo de vampiros que inician un ataque contra los pobladores, quienes quedan a la espera de lo que el comisario Eben Oleson (Josh Hartnett) pueda hacer por ellos.

El planteamiento no carece de atractivo. Hasta que reaparezca la luz del día, un grupo humano asentado en en el círculo polar ártico, aislado del resto del mundo, es presa de una pesadilla viva. Sin embargo, el tratamiento es tan repetitivo que todo el interés se centra en los gritos de las víctimas, sin que a nadie le interese contarnos un poco de cómo estos extraños penetraron en el pueblo o cómo han podido permanecer vivos antes de este ataque, sin que los rayos del sol los reduzcan a cenizas.

Eso no es todo. Cuando uno ve a la pareja protagónica de Josh Hartnett y Melissa George —ambos jóvenes y perfectos— y descubrimos que se están divorciando, es difícil no averiguar a dónde apunta todo. El guion es lo suficientemente hollywoodense como para no hacerle espacio en medio de los ataques de los vampiros a las escenas de añoranza entre los dos personajes y darnos una bonita historia de amor y sacrificio.

No esperen, pues, giros inteligentes ni explicaciones satisfactorias, pues no los hallarán. Lo mejor queda para varias escenas subidas de tono en cuanto a su violencia y otras en las que la sangre y las mutilaciones se convierten en un verdadero espectáculo —algo que quienes gusten del gore apreciarán.

Pero David Slade —quien debutó con su perturbadora Niña mala— no muestra suficiente pericia para convencernos de que Barrow experimenta un lento exterminio. En sus personajes no puede percibirse más que el paso de unas cuantas horas; su salud, su aspecto, su físico en general no se deterioran. Ninguno llega a experimentar, al menos de manera creíble, la locura del encierro, las tensiones del hacinamiento forzado mientras los asesinos se agazapan en el tejado vecino.

Si bien estamos ante un filme netamente de entretenimiento al que la gente responde aceptablemente en la sala de cine, también es cierto que esta adaptación desaprovecha la circunstancia que se plantea a sí misma como reto: una larga noche de 30 días en el rincón del mundo.

Si cambiamos Alaska por cualquier otro poblado y a los vampiros por cualquier psicópata genérico, no tendríamos algo más complicado que lo que ya vimos recientemente en Hotel sin salida. Lo dicho, una buena idea muy mal ejecutada.

 
 
 
 
       

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